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Este año he jugado 180 euros en el sorteo de la Lotería Navidad y he recuperado 40, poco más del 20%. Mis nueve décimos: 56.115, 55.056, 29.145, 21.553, 18.287, 17.439, 13.425 y 00034 (2). Pésima inversión, pero tengo la costumbre de comprar siempre que un amigo lo hace. De lo contrario, si toca tendría que matarlos, guisar sus magras carnes para jolgorio de cualquier comedor social y encargarme una maletas como recuerdo con el pellejo restante.Después de comprobar que la ruleta de la diosa fortuna tampoco me ha sonreído este año, he decidido desconectar. No quiero escuchar el recital de sandeces del personal sobre el destino del premio. Entre tapar agujeros, comprar una lavadora nueva o ayudar a los hijos con la hipoteca, los premiados son tan previsibles como cualquier futbolista. Alguien debería decir a Julia Otero, eso sí, que cada décimo del gordo se premia con 300.000 euros, no 180.000.
"Ay si me tocaría a mí", como dirían en algunas provincias que prefiero omitir para que los analfabetos no me acusen de acusarles de serlo. Para empezar, me tomaría una copa en soledad, que es como mejor se disfruta de los éxitos que no tienen ningún mérito. Después me cogería un día libre y aprovecharía para dar un paseo por Madrid mientras los demás trabajan.
Y dependiendo de lo que me haya embolsado, decidiría si montar mi propia sala de conciertos, montar mi sala y dejar de madrugar o montar mi sala, dejar de madrugar y dar forma definitivamente al batallón de castigo de las conductas que me hinchan las pelotas, mi verdadero sueño desde hace unos años. Nadie escaparía a mi particular concepto de la justicia.
De vuelta a la realidad, dice mi cuñado que no hay mejor lotería que el trabajo de cada día. Lo que pasa es que mi cuñado, que tiene mucho más de superviviente que de currante, rara vez madruga.








