EL CHOCOLATE DEL LORO
Ando preocupado en los tiempos negros de precampaña electoral, de contraprogramación de entrevistas televisivas, de ostias en conserva y lo que te rondaré morena. Y no soy economista, pero tengo nociones básicas como para opinar sobre el desmadre de los 400 euros. O lo que es lo mismo: sabiendo lo que cuesta un café y habiendo interiorizado lo que vale un euro, propina incluida -manda huevos-, creo que no me equivoco al considerar la propuesta como una soberana pelotudez. ¿Es progresista? Depende. ¿Qué es ser progresista? Ahí reconozco que me han jodido. De no ser por las perversiones del lenguaje, progresistas lo seríamos todos. Sin embargo, a día de hoy y en este país, ser progresista es de izquierdas y ser español de fachas. Uno, que se siente español y progresista después de haber discrepado con todos, anda, como decía más arriba, preocupado. De lo que hablamos, seguro, es de una medida política sino populista. Hablamos de oportunismo frente a oportunidad electoral, de impulsos más que de reflexión.
El caso es que la medida no afecta a los autónomos, que digo yo que también son hijos de Dios si creyentes y pirsonas humanas si descreídos. Además, lo mismo da ocho que ochenta, lo que deja de ingresar el fisco es lo mismo para el botones que para Botín. Y si encima se nos vende que la rebaja es una medida para fomentar el consumo y apaciguar una crisis que no existía, la pregunta es clara. ¿A qué cojones esperaban para aplicarla? A que les enseñemos la papeleta por debajo de la puerta, a eso.
Con todo, lo grave es que es mentira. Los 400 euros salen del superávit del Gobierno, una bolsa que hemos llenado entre todos y que debería dedicarse a invertir en sanidad, educación y carreteras sin peaje. En cualquier cosa, menos en la compra de votos. Así, primero nos cobran para devolverlo después si les llenamos la urna de puños cerrados y rosas con espinas. Sumen a esto el cheque bebé y todo lo que rodea a la oficina para el alquiler de la vivienda, y el resultado es una monumental tomadura de pelo.
Y todo, como decía, supeditado a lo que digan las urnas el próximo 9 de marzo. El problema es que lo barato, una vez más, puede salir caro, y los 400 euros se pueden quedar en el chocolate del loro. Al fin y al cabo, la prima no da para más que 500 cafés de Zapatero y 333,3 del españolito de a pie en cuatro años. A lo peor son 400 golpes, uno cada 3,65 días de legislatura, que a mí, sinceramente, me parecen muchos. La operación de marketing político, eso sí, de manual.









