LA CANCIÓN DEL VIERNES 30 DE MARZO
Algunos no lo sabrán, pero Elsa Pataky ya estaba buena antes de pasar por el quirófano; Ethan Hawke era buen actor antes de casarse con Uma Thurman; Joaquín Sabina ya era un grande mucho antes de que pasaran 19 días y 500 noches; Los muñecos del guiñol están inspirados en los políticos y no los políticos en los muñecos del guiñol; y Adolfo Cabrales, mucho antes de triunfar con los Fitipaldis, agitaba minorías con Platero y Tú. Los inicios de este pequeño gigante fueron como una de esas historias de amor a primera vista. Éste y aquél, que ya se conocían, empezaron a ensayar. Más tarde llegó el de más allá, luego invitaron al vecino y ¡voilá!. Habemus rock. Sonó la flauta y al primer intento ya estaba en marcha la formación original y definitiva de los bilbaínos Platero y Tú: Fito, Uoho, Mongol y Maguila. Podrían haber sido personajes de una serie de dibujos animados, pero les dio por hacerse musicastros y llevar la contraria a Juan Ramón Jiménez.
Porque Platero es pequeño y quizás peludo, de acuerdo, pero no es suave ni blando por fuera -tampoco por dentro-. Los platero fueron herederos de uno de los padres del rock español,
Historias de perdedores con cinco minutos de gloria acompañadas de bajo, batería, dos guitarras, pocos adornos y algunas reminiscencias rockeras. Imposible ser más tradicional. Cuando esta fórmula los empezaba a acostumbrar a los grandes recintos, allá por el 2000, tras una gira con dos noches consecutivas en al Palacio de los Deportes de Madrid como fin de fiesta, llegó la disolución. Fito y Uoho, la columna vertebral del grupo, ya habían empezado a flirtear con Fitipaldis y Extremoduro, respectivamente, y hace siete años los tonteos acabaron en infidelidades y, con el tiempo, en matrimonios consolidados.
Se acabó Platero e irrumpieron los Fitipaldis. Con ellos llegó el reconocimiento de las masas, los premios y las palmadas en la espalda, pero también aparecieron los recelos de los seguidores de toda la vida que preferían la carne roja de antes a los solomillos a la mostaza de ahora, las litronas a los tercios y el cuero al lujo. Todo tiene su momento, supongo, y todo va bien si no se muere de éxito. Y si no que le pregunten a Dover.








