
Hace tiempo escribí un post en el que me mofaba de
David Beckham por ser incapaz de ayudar a su hijo de siete años a hacer los deberes. Pues bien, por la boca muere el pez. Ahora soy yo el que entona el
mea culpa y reconoce, no sin poca vergüenza, que el otro día fracasé intentando ayudar a mi hermana a hacer un cono para una de sus últimas clases del año. Vaya en mi descargo que mi hermana dobla la edad al chaval de los Beckham y que las matemáticas jamás fueron mi fuerte. Ni siquiera una fría trinchera. De hecho, mi santa madre y yo decidimos que dejara de ayudarme con los deberes porque queríamos seguir queriéndonos. Cuando uno ve luz y el otro sólo tinieblas, mal asunto.
Ya se sabe que las matemáticas hay que llevarlas al día y yo me perdí en la tercera evaluación de sexto de EGB, con las fracciones, y ya no volví a levantar cabeza salvo para copiar todo lo que pude -si alguna vez pasas por aquí, Ana Cortina, muchas gracias-. Las vísperas de examen las pasaba en casa, cortando papelitos en los que mi mecenas escribía la solución de los problemas. Solía fusilar tres o cuatro y hacer el resto por mi cuenta, de manera que siempre me movía entre el aprobado y el notable. Inevitablemente, la gallina cantó cuando contrastaron mi eficiencia por escrito y mi aparente retraso mental en la pizarra. Un cambio de sitio me devolvió a una realidad desoladora y confirmó mis peores temores: nací lobotomizado, sin la parte del cerebro que se ocupa de las matemáticas.
Sin embargo, la cuestión de fondo va más allá de mi torpeza, se trata del modelo educativo, tanto escolar como universitario. Determinados conocimientos se posaron en la parte más superficial de mi corteza cerebral y, una vez aprobados, se marcharon para no volver. ¿Por qué? Fundamentalmente, porque no son prácticos -uno no se olvida de lo que le sirve de algo- y porque somos víctimas de un sistema que cada vez abarca más e instruye menos. Somos víctimas de la
cultura Trivial Pursuit. Yo me conformaría con que mis vástagos, con 15 años, supieran leer y escribir, tuvieran unas nociones de ciencias claras, aunque no sean todas, y un nivel aceptable de un segundo idioma. Si conseguimos esto, lo demás acaba llegando.
La mayoría del personal, además, está muy orgulloso de su trabajo, de lo bien que lo desempeña y de lo indispensable que es. Pueden cagarse en su trabajo y en el vestido de boda de la madre del jefe, pero prueba a decirle a alguien que su trabajo es una sandez que podría hacer cualquiera, a ver cómo se lo toma. Bueno, pues salvo algunas excepciones, como profesiones muy técnicas o que exigen colegiarse, todos aprendemos a trabajar trabajando. Parece de cajón, pero no lo es tanto. Lo que quiero decir es que estoy convencido de que cualquier persona espabilada con una base sólida podría desempeñar trabajos que no tienen que ver entre sí independientemente de su formación.
De momento, voy a empezar a poner copas o a servir mesas. ¿No os habéis dado cuenta de que el 90% de los triunfadores han sido camareros en algún momento y, según cuentan, fue una etapa fundamental en sus vidas? ¿Y yo? Un gilipollas licenciado y masterizado que no sabe hacer un cono de mierda. Ni de papel. Mañana mismo me pongo detrás de la barra del bar donde tomo café y mando al camarero subir a hacer mi trabajo. Seguro que mis jefas no me echan de menos.