TURISMO POR MADEIRA
Acabo de reincorporarme al mundo tras una semana de vacaciones a la portuguesa en Madeira. Este islote volcánico perdido en el Atlántico vive del turismo y el vino dulce que lleva su nombre, como antaño lo hizo de la caña de azúcar y de su situación estratégica para el comercio. En apenas unos kilómetros se pasa del soleado nivel del mar a picos de más de 1.800 metros permanentemente nublados. Por eso Cristóbal Colón, que durante su estancia se convenció de la condición circular de la tierra tras encontrar unas semillas en la playa, estrujó un trozo de papel para describir la isla a los Reyes Católicos.Por allí pasaron otros personajes ilustres como John Huston, que dirigió a Gregory Peck en el pellejo del Capitán Acab en las primeras localizaciones de Moby Dick, o Winston Churchill, un asiduo, para disfrutar de días de vino y rosas. También fondearon en sus costas numerosos piratas, quién sabe si con patente de corso, y Napoleón Bonaparte, éste de visita involuntaria camino del exilio en Santa Elena. A pesar del mal trago, fue obsequiado con una cata de los entonces ya famosos caldos de la tierra por un coronel de la marina brit que le brindó trato de emperador, motivo por el que fue degradado fulminantemente. Carácter insular británico en estado puro.
El caso es que durante los últimos siete días he tenido la oportunidad de observar curiosos comportamientos de la turistribu, en la que por supuesto me incluyo. Uno de los más frecuentes es el de ‘aprovéchalo que está pagado’. Yo que no acostumbro a desayunar, por ejemplo, he vuelto con varias lorzas de más tras una severa ingesta matutina de cruasanes y napolitanas. Me daba no sé qué no aprovecharlo, ya ves tú. Me podría haber dado por la fruta y los zumos, pero no. Quizá, por el mismo motivo pasa lo que pasa en las barras libres, a las que se añade la ansiedad por el previsible agotamiento de las existencias.
Sin embargo, el descubrimiento del que más satisfecho me siento ha sido poder definir con exactitud, por fin, el ‘olor a viejo’, traducirlo a palabras, en plan anuncio de compresas. Siempre he tenido debilidad por los olores y los asocio continuamente a personas, lugares o determinadas situaciones. Para que nos entendamos, me refiero a esa fragancia a mitad de camino entre lo ácido y lo rancio que recuerda vagamente a una vomitona que ha empezado a tostarse al sol. No sé por qué extraño mecanismo, en un momento de lucidez, comprendí que ese olor es igual que el de la cuchara chupada con la que has comido sopa de fideos. Prometido. Probad y veréis.





