"Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él" (Jonathan Swift, 1667-1745)

miércoles, marzo 29, 2006

UN DÍA EN LAS CARRERAS

Este fin de semana he disfrutado y padecido en Jerez con las carreras inaugurales del Mundial de Motociclismo. Disfrutado porque el espectáculo fue tremendo, el tiempo inmejorable y los pilotos españoles, menos Sete, otra vez Sete, dieron la talla. Y padecido porque me abrasé la cara en la grada, porque es agotador conducir rodeado de moteros, que exigen respeto y no respetan nada -así se matan-, porque tardé seis horas en cubrir los 100 kilómetros que separan el circuito de Sevilla y porque, como suele decir un amigo, hay más macarras en este gremio que en el de la construcción.

Acepto que este es uno de los tres fines de semana consagrados a los moteros españoles y que, si no me gusta, me podía haber quedado en casa. Confirmo que, cuando vas a las carreras, no sabes quién va a ganar, pero sabes que va a haber emoción dentro y fuera del circuito. Y me gusta, a diferencia de otros deportes que exigen militancia, que la gente anime a los que lo ponen todo sobre el asfalto al margen de su nacionalidad. Si encima son españoles, mejor. Me gustó Jorge Lorenzo después de ganar el cuarto de litro: eufórico, rabioso, encabronado… Así se celebran las victorias.

Aún así, me quedo con un detalle del que no he oído hablar prácticamente a nadie. En la primera curva de la categoría reina, Elías se llevó por delante a Valentino Rossi. El campeón del mundo de 125 cc (1997), 250 cc (1999), 500 cc (2001) y Moto GP (2002-2005) veía desde el suelo cómo los demás pasaban de largo. Con semejante palmarés, estoy seguro de que otro se habría ido al box. Él no. Se levantó, rodó como si la vida le fuera en ello y arañó los dos puntos que premian la decimocuarta plaza. Rossi quedó como un señor y la grada agradeció el gesto.

Por cosas como esta es uno de los grandes. Por abandonar Honda cuando estaba en lo más alto, por convertir a Yamaha en una marca ganadora en sólo un año, por no renunciar al 46 que luce en su carenado en honor de su padre desde que competía en pocket bikes, por mojar la oreja a sus rivales donde quiere, cuando quiere y como quiere, por no aburrirse de competir y ganar... Por cosas como estas, es posible que llegue a ser el mejor.

jueves, marzo 23, 2006

MIS MARCIANOS FAVORITOS

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: "¿Platero?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal... Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel... Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra...

Tranquilos que habrá para todos, material hay de sobra. Esta noche empieza mi fin de semana temático 'Rock & Roll, gasolina y otras materias nobles'. Esta noche concierta de Loquillo en La Riviera y mañana caminito de Jerez para ver las motos. Ya os contaré. Salud y suerte para el fin de semana.

martes, marzo 21, 2006

COMPETENCIA DESLEAL

Las compañías de alimentación compiten con el cuchillo entre los dientes en un mercado complejo y caracterizado por una elevada competencia. Más aún desde la irrupción de las marcas de distribución, las que no son de Danone, Pascual o Puleva, sino de Carrefour, Alcampo o Día. En el mercado de la leche, por ejemplo, uno de cada tres litros vendidos ya corresponde a ‘marca blanca’. Cuenta la leyenda que algún distribuidor amenazó con sacar del lineal el género de determinadas industrias transformadoras si no envasaban para ellos algunos de sus productos estrella sin distintivos comerciales.

Ante esta situación, la industria opta por destinar una parte de sus recursos a los departamentos de I+D+i, encargados de desarrollar productos y envases con un valor añadido para el consumidor. Este es el caso de los alimentos funcionales y los nuevos formatos más cómodos o respetuosos con el entorno. Sin entrar a valorar la eficacia de estos artículos, en algunos casos más que improbable y en otros contraproducente, lo cierto es que hay productos que además de ganarse el favor de los consumidores han tenido que ganarse el de los jueces. Hasta ahí llega la competencia.

Uno de los casos más famosos es la denominada ‘guerra del yogur’, que ha enfrentado durante años a Danone y Leche Pascual, empresa para la que trabajo en la actualidad, por la definición de lo que puede o no llamarse yogur. Tanto en los tribunales españoles como en Bruselas, Danone alegaba que los yogures de Pascual no eran tal cosa porque se someten a un proceso de pasteurización, por lo que deberían llamarse postres lácteos. Tras muchas discusiones, las leyes españolas y comunitarias respaldaron la postura de Pascual.

Los argumentos que justifican esta decisión son variados y en algunos casos muy técnicos, pero lo más curioso es que para Danone no es yogur en España lo que sí lo es en África, donde vende yogures pasteurizados. No es de extrañar si tenemos en cuenta que no necesitan frío para su almacenamiento, distribución o conservación, una cualidad muy apreciada en determinadas latitudes por razones evidentes. Escama un poco que lo que no es válido para los españoles sí lo sea para los africanos cuando interesa comercialmente.

Y si nos guiamos por el sentido común, ¿por qué podemos llamar leche a la leche pasteurizada y no yogur a los yogures pasteurizados? Además, ¿no salta a la vista que los yogures pasteurizados sientan tan bien o mejor que cualquier otro? Todo se reduce a una cuestión de doble moral y mucho doble de cerveza.

miércoles, marzo 15, 2006

BALAS BLANCAS

Arnaldo Otegi es uno de los tipos más repugnantes que la gente de bien tiene que echarse a la cara. Aún cuando no es noticia, está acechando, haciendo cábalas sobre un escenario político imaginario que huele a mil muertos, éstos sí, de verdad. Me revuelve el alma la actitud crecida de este miserable cuando habla del ‘problema vasco’. Personalmente, disfrutaría viéndole en la situación límite de un secuestrado, mirando de frente a la muerte, a ver cuánto tarda la arrogancia en dejar paso al miedo.

En libertad bajo fianza de 400.000 euros tras el juicio por la supuesta financiación de ETA a través de las herriko tabernas, el lunes alegó una bronquitis para no declarar ante el juez de la Audiencia Nacional Fernando Grande-Marlaska por inducción a la violencia durante la pasada jornada de huelga en el País Vasco. De telón de fondo, la muerte de dos presos etarras. Dos problemas menos. No siento pena ni compasión, ni por ellos ni por los que los lloran. En pocas ocasiones la guadaña resulta tan oportuna.

Si no fuera por lo siniestro del personaje, cualquiera pensaría que la excusa no es más que una broma. No es así, se trata de un desafío más a los principios de una sociedad libre. A la Justicia no le queda otra que tragar, otra vez, aunque esta deferencia legal resulta macabra cuando se piensa en las víctimas cuyas circunstancias no se tuvieron en cuenta antes de ser caprichosamente condenadas a muerte, cuando se comprueba cómo esta chusma se beneficia de las garantías que ofrecen unas leyes que violan a su antojo o cuando se compara lo baladí de la enfermedad con la gravedad de los hechos que se pretende juzgar.

Quiero pensar que eso es lo que nos diferencia. Sin embargo, siempre hay gente capaz de ir más allá. Y no me refiero a los partidarios de la pena de muerte, algo con lo que no estoy de acuerdo -el cumplimiento íntegro de la condena es otra cosa-, sino al Gobierno vasco, que ha vuelto a mear la tapa del váter. Su portavoz, Miren Azkarate, ha calificado de "sinsentido jurídico y estupidez política encarcelar al interlocutor de un proceso de diálogo, generando tensión y confrontación permanente". Idéntica frase podría aplicarse al frustrado proceso que se estaba llevando en el Tribunal de La Haya hasta la muerte de Slobodan Milosevic. Que Otegi tome nota de lo sucedido. Y ejemplo.

jueves, marzo 09, 2006

BOCADOS DE REALIDAD

Últimamente he leído muchas críticas contra María Antonio Trujillo por la campaña de las zapatillas Kelifinder. ¿Los motivos? Creo que una pandilla de envidiosos que se mueren por calzarse el modelo de moda y surcar el cemento en busca de soluciones habitacionales no perdonan el ingenio de la ministra de Vivienda. Ni más ni menos. O eso creía yo. Efectivamente, calenturiento lector, se trata de encontrar una casa, no a Kelly, la vikinga desaparecida que pasa el mocho, bebe birra como un colega y te calienta los cascos tanto como la cama.

Caliente andaba yo el otro día, dispuesto a devorar una manzana tras otra y no parar hasta encontrar un domicilio, cuando estrené orgulloso mi propio par gracias al tráfico de influencias. Se han convertido en un objeto de culto jodido de encontrar, pero mereció la pena. Juro que caminaba a un metro del suelo, todo pintaba de maravilla. Esa luz tan especial de las mañanas soleadas e invernales de Madrid sólo podía ser presagio de buena ventura.

Anduve varias horas por el centro, ojo avizor, convencido de que mis Kelifinder me guiarían como la fuerza a Luke Skywalker. Sé que suena delirante, pero incluso los edificios me gritaban, me invitaban a traspasar sus portales con una suerte de lenguaje similar al que emiten las ballenas en medio del océano. Sin embargo, voto a bríos, yo les entendía perfectamente. “Soy un áaaatico, doscientos metroooos, zona Retiroooo, soleadoooo, excelentes calidadeeees, una gangaaaa”, me tentó uno.

Tres horas, media docena de carajillos y una botella de whisky después, la realidad me había dado una hostia considerable y mis Kelifinder estaban hechas mierda. Las suelas y las costuras no me han aguantaron ni un asalto y descubrí que una hipoteca de por vida sólo me garantiza setenta metros cuadrados en primera línea de tendedero con vistas a ropa interior de saldo. Mis zapatillas, mis sueños, mi futuro, yo mismo... Todo se descompuso tras una brutal deceleración anímica. En ese momento, cosa mala, comprendí que habían jugado con mis sentimientos.

Descalzo y con los pies desollados puse rumbo al ministerio. Interrogado por el bedel, le dije que quería entrevistarme con Trujillo para encargarle unas Dinerofácilfinder o, en su defecto, unas Currobienpagadofinder, que ya me ocuparía yo de buscarme un techo. Si no puede ser, me conformo con unas Evasiónfinder que me permitan pasar por alto el detalle de que a los 50 años no podré aspirar a vivir como lo hacían mis padres a los 25. O que me traigan a Kelly, la vikinga, que ya nos apañaremos con pan y cebolla.

Después de mucho pensar he llegado a la conclusión de que el desastre se debe a un nombre pelín pretencioso, pues da por hecho que vas a encontrar la keli sin mencionar que por el camino vas a tener que empeñar algún órgano. Vete tú a saber si será uno importante, como un riñón, o vital, como los testículos o incluso el pene. Uno, que es de natural sencillo, se ilusiona con cualquier cosa hasta que llega la vida y le pone en su sitio.

martes, marzo 07, 2006

SER O NO SER

Agradezco los comentarios anónimos, tan simples como de costumbre, y las muestras de ánimo que he recibido mientras convalecía de lo que diagnosticaron como un principio de neumonía. Suena a enfermedad del 36, lo sé, pero es lo que hay. Debió gestarse hace dos domingos, cuando salí a buscar trufas con la trompa bajo el manto de nieve que cubrió Madrid. Después de husmear entre raíces heladas durante horas, toda mi recompensa fue una semana de virulentos ataques de tos, fiebre como para cocer los huevos de un toro y un cóctel de antibióticos digno del Balmoral. Recuperada la presencia de ánimo, de vuelta al mundo real, encuentro mi barrio sembrado de parquímetros.

Lo cierto es que el Ayuntamiento de Madrid, esta vez sí, parece que ha conseguido sacar adelante el Servicio de Estacionamiento Regulado (SER). Sin embargo, la máquina que adorna mi calle ya ha sido oportunamente inutilizada con un spray de pintura. Confirmo que el ejemplo ha cundido en las nuevas zonas coloreadas por los servicios municipales cuando no me hace falta salir de mi círculo de amistades para dar con un tipo que ya ha sellado un par de ellas con una pistola de silicona. Feliz, da fe de cómo un vecino las revienta por dentro introduciendo una espuma especial para obras que, al secarse, se expande y destroza los circuitos del espantapájaros de lata.

Más allá de los atentados contra lo público y de las consideraciones que han llevado a la Concejalía de Movilidad a cobrar por aparcar en la puta calle, hay cuestiones que minan la fiabilidad del sistema. En primer lugar, las zonas de aparcamiento gratuito provocan un ‘efecto llamada’ que deja sin plazas a quienes deberían disfrutar de ellas, como los estudiantes de la Universidad Complutense o vecinos de zonas residenciales. Las máquinas, con frecuencia, están a tomar por el culo y carecen de cambio. Encima, ya no basta con renovar el ticket, también es necesario cambiar el coche de sitio.

Además, para que esto no parezca un burdo sacaperras, no debería costar lo mismo aparcar un Smart, que ocupa media plaza, que un Mercedes 600. También debería contemplarse la posibilidad de que los residentes dispongan de tarjetas para invitados, vinculadas a un lugar de residencia y no a una matrícula. La medida debería quedar sin efecto los viernes por la tarde, sábados por la mañana y meses de verano. Por último, aún aceptando la autoridad legal de los controladores, ¿sólo pueden sancionar incumplimientos del SER? En ese caso, quizás empiece a aparcar en segunda fila, en los pasos de cebra o en las aceras, como las motos.

Según la Asociación Nacional de Fabricantes de Automóviles y Camiones (Anfac), sólo el año pasado se matricularon en España 1.528.849 coches con un valor medio de 20.495€. Tanto las nuevas matrículas como las antiguas, pagan impuestos por los que cabría esperar alguna prestación más, no sólo restricciones. Paradójicamente, el Gobierno subvenciona planes para renovar un parque móvil inseguro y contaminante -y, de paso, apoyar uno de los pilares de nuestra industria-, mientras las limitaciones del sector van en aumento. ¿En qué quedamos, cojón, me compro un coche o lo dejo para otro rato?