PIE DE FOTO: REIVINDICACIÓN ESPONTÁNEA
Tal día como hoy, en 1981, el ex teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero & Co. tomaban el Congreso de los Diputados a punta de pistola. Pretendían que España diera un paso atrás, que la democracia cediera. No sucedió. Seguramente, además, la intentona golpista contribuyó a que en las elecciones generales del 82 el PSOE consiguiera la cifra record de 202 escaños (48.3% de los votos). Principio acción-reacción en estado puro. Con motivo de las bodas de plata del fallido golpe de estado, todas las televisiones, como las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, volverán a emitir reportajes con más novedades de forma que de fondo. Mientras tanto, Tejero, que lo hizo todo por España, coño, por España, es marginado por la prensa española que, salvo el diario Melilla Hoy, no ha querido publicar su carta en el día de la efeméride.
Unos tres meses y medio después de que el tiro en el techo del Congreso quedara para la historia y los turistas, durante la corrida de la Beneficencia de 1981, la que tradicionalmente reconoce a los triunfadores de San Isidro, saltó al albero de La Monumental de Las Ventas este espontáneo. Se llama Antonio Olmos, también conocido como El Chocolate, novillero entonces y un pedacito vivo de historia 25 años después. En su muleta, un mensaje escrito con cinta adhesiva: “Viva la Constitución”. Según la crónica que publicó El País al día siguiente: “Olmos se fue al toro que no era suyo (ni de nadie ya, lo habían devuelto) y, con el bien aprendido oficio taurino que sí era suyo, dio unos muletazos, en medio del asombro general, primero, y del general regocijo, después”.El caso es que en el reverso de la muleta se podía leer otro texto: “Nóbel Paz para el Rey”, que sonreía en el palco del coso taurino ante tan valiente muestra de apoyo popular. Para mí un doble de cerveza y un bocadillo de calamares con mucho alioli, por favor. Por pedir que no quede. Reconozco que no siento simpatía por el jefe del Estado y, teorías aparte sobre su actuación durante el 23F -que las hay para todos los gustos-, no entiendo muy bien por qué nadie se cuestiona su utilidad después de 30 años. Sobre todo en momentos como el actual, da la sensación de que algo más sí que podría haber hecho. Como mínimo, y en privado si se quiere, colaborar para que los dos grandes partidos se pongan de acuerdo en tres o cuatro cosas fundamentales para todos.
Por otra parte, mi postura obedece a una simple cuestión de principios. Si vivimos en democracia, no entiendo determinados privilegios que tienen más que ver con casualidades históricas que con hechos probados. Tampoco entiendo el respeto reverencial y absurdo de la mayoría de los medios de comunicación cuando de la monarquía se trata. Sus negocios privados, por ejemplo, que haberlos haylos, deberían estar sometidos al escrutinio público ya que su condición Real ni siquiera está sometida a la voluntad que depositan en las urnas los ciudadanos que les financian. La clase política y muchos trabajadores ven cómo su trabajo restringe la práctica de determinadas actividades. La primera familia de España, en cambio, da la sensación de que pasta a sus anchas por aquí y por allá.





